A finales de octubre de 1985, la banda escocesa Simple Minds editó su séptimo álbum de estudio, Once Upon a Time, a través del sello Virgin Records. Tras alcanzar un enorme prestigio en el circuito alternativo europeo y codearse con las vanguardias del post-punk gracias a discos como New Gold Dream (1982), el quinteto de Glasgow tomó una decisión artística y comercial determinante: abrir su sonido hacia las grandes estructuras del rock de arenas estadounidense y británico.
Para lograr esa metamorfosis sonora, los fundadores Jim Kerr y Charlie Burchill convocaron a los afamados productores Jimmy Iovine y Bob Clearmountain, figuras clave de la industria norteamericana que venían de trabajar con Bruce Springsteen y Tom Petty. El objetivo consistía en inyectar músculo rítmico, estribillos de vocación masiva y guitarras abrasivas sin perder el pulso de sintetizadores atmosféricos que los había consagrado en la escena underground de Europa.
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La consagración radial con “Don’t You (Forget About Me)” y el nuevo sonido
Aunque el exitoso himno generacional Don’t You (Forget About Me) —compuesto por Keith Forsey y Steve Schiff para la banda sonora de la película The Breakfast Club— se lanzó a principios de 1985 como un sencillo independiente, su estruendoso impacto comercial allanó el camino para la llegada inmediata del nuevo álbum de estudio, impregnando el disco de una euforia melódica y cinematográfica.
El primer sencillo oficial del LP, Alive and Kicking, se convirtió en una declaración de principios impulsada por la voz declamatoria de Jim Kerr y una base de percusión demoledora. Temas adicionales como Sanctify Yourself y All the Things She Said repitieron la fórmula ganadora, inundando las frecuencias de la radio comercial con arreglos vocales gospel y teclados grandilocuentes.
El éxito masivo en las listas de popularidad y la era de las grandes giras
La respuesta del público consagró de inmediato los esfuerzos del grupo. Once Upon a Time debutó directamente en la primera posición del UK Albums Chart en el Reino Unido y escaló posiciones de manera sostenida en el Billboard 200 de Estados Unidos, transformando a Simple Minds en un imán de convocatorias masivas para estadios en ambos lados del Atlántico.
A décadas de su publicación original, el álbum se mantiene como el punto de inflexión definitivo en la biografía del grupo. La audacia de cruzar la frontera entre la experimentación y el pop de estadios convirtió a Simple Minds en uno de los grandes colosos del rock de los años ochenta.